Vine por el día a visitar la ciudad de Marina, en el estado de Minas Gerais. Es una ciudad de un encanto colonial similar al de Ouro Preto, aunque más pequeña y menos contaminada por la fiebre del carnaval. Ambas fueron fundadas tras los descubrimientos de las mayores reservas auríferas del nuevo mundo en el siglo XVII, y en ninguna se ven construcciones posteriores al siglo XIX. Ouro Preto es una ciudad universitaria, en donde muchos de los edificios antiguos se han convertido en "Repúblicas", especies de fraternidades gringas donde viven los estudiantes y se diferencian entre alfas, betas, gamas, y toda esa cuestión. Esta condición la convierte en uno de los destinos favoritos de los jóvenes brasileños durante la época de carnaval y, como podrán imaginar en este país, eso significa una fiesta interminable. 24 horas al día de música ineludible, alcohol y drogas en demasía y actitudes licensiosas por doquier. Es difícil conciliar el sueño en las noches, así que estoy considerando seriamente abandonar el lugar mañana, tras la celebración del cumpleaños de un compañero de hostal hoy. El problema es que tengo todas las noches de carnaval prepagadas; pero veremos si es posible hacer algo. La ciudad es hermosa, una maravilla perderse en sus calles y entrar a probar alguna delicia de la cocina mineira, pero la distorsión es demasiada. Yo estoy con un grupo bastante ecléctico, compuesto por un inglés que odia inglaterra y vive en Canadá, dos hermanos alemanes que tienen planeados hasta los peos que se tiran en la semana que vinieron a pasar acá, cinco australianas que se han agarrado un promedio de 4 brasileros per cápita, un israelí medio ricachón porque ganó la versión hebrea de "Quién Quiere ser Millonario", y unos tipos de Sao Paulo que toman desproporcionadas cantidades de bebidas energéticas. Es un grupo simpático, y me he hecho bastante amigo del anglo-canadiense. Ah, y la noche anterior estuve con un gringo de 69 años ultra hippie, que viajó por chile el año 71 y vió a Fidel Catro hablarle a las multitudes. Esa onda.
Antes de Ouro Preto estuve algunas horas en Río de Janeiro, donde aproveché para ir a conocer la nueva séptima maravilla del mundo, el Cristo del Corcovado. Es una cosa realmente impactante ver ese coloso dominando toda la ciudad, lo hace a uno sentirse pequeño, cuestionarse el sentido de la existencia y todas esas cosas. Es bien loca la cosa. A Río llegué desde Ilha Grande, una reserva ecológica que primero fue refugio de piratas, luego colonia de leprosos y, finalmente, cárcel para los presos más peligrosos del Brasil. Todo eso la mantuvo intocable, y es un lugar fantástico para visitar. Tiene un pueblo ultra pequeño, donde los turistas superan ampliamente a los locales lo que (para los que tuvieron el curso de Competencia y Mercado), hace que los precios sean significativamente elevados. Sin embargo, es un lugar hermoso y tiene unas caminatas diurnas espectaculares, junto con una vida nocturna muy interesante. Hice una caminata de 3 horas que te lleva a la cima de las montañas de la Isla, donde se tienen unas panorámicas espectaculares.
A Ilha grande llegué desde Ubatuba, una ciudad rodeada por miles de playas e islas con sus respectivas playas, que es un paraíso para los surfistas y los que andan en busca de desenfreno. Yo me hospedé en un lugar un poco alejado del centro de la ciudad, por lo que tuve la posibilidad de descansar y conocer playas hermosas e interesantes. Ahí tomé un tour en un barquito que visitaba playas e islas, y practiqué un poco de buceo. No voy a decir que vi pulpos ni ballenas azules, pero habían algunos pescaditos bien simpáticos que no tenían problema en acercarse a uno para ver si podían comer algo.
A Ubatuba llegué desde Cambury, un lugar al que llegué por casualidad a hospedarme por una noche. Terminé quedandome 5, y me dividía entre el stress de estar perdiendo otros lugares que conocer y la hipnosis de estar en un paraiso terrenal. El pueblo no es gran cosa, es una calle costera llena de posadas y gente buscando carrete y olas para surfear, pero yo me hospedé en un Hostal a 3kms del centro (lo que en las proporciones del lugar lo convierte en casi otra localidad), en plena Mata Atlántica (resumámoslo en selva). Con unos paisajes y lugares espectaculares, donde por fin comencé a practicar fotografía en serio, el lugar me atrapó completamente. Además del escenario espectacular, se formó un grupo multicultural y multirracial espectacular, y ahí hice algunos de los mejores amigos en lo que va de este periplo. Una noche en un bar en la mitad de la nada, estaba conversando acerca de lo grandiosos que fueron y son los Beatles con el guitarrista encargado de animar fiesta. No me di cuenta como, y de repente estaba frente a la audiencia cantando una improvisada versión de "With a Little Help From My Friends", con el corazión saliéndose de mi pecho de los nervios. El hombre en la guitartra resultó ser mucho más importante de lo que yo pensé en un principio, y había sido en algún momento miembro de la banda de la misma Rita Lee. Cuando le pregunté al percusionista -un afrobrasilero muy simpático aunque un poco aturdido por el elevado consumo de sustancias- acerca de la dotación promedio de alguien de su raza, esto fue lo que me respondió:
La verdad es que me estaba describiendo el tamaño de las jaibas que se podían pescar en esa playa, pero no pude evitar el morbo. Además, igual creo que el hombre exageró un poco.
Otro día hice un paseo en bicicleta y conocí en la playa a una familia Brasileña. Eran el prototipo del brazuca que no cacha una, me preguntaron si Chile quedaba en Bolivia y si conocía a unos parientes que tienen en Rosario. No hubo caso que entendieran que Chile es un país distinto, con mi incipiente portugués traté de explicarles que era como comparar Sao Paulo con Salvador, pero fue poco el resultado. Muy tiernos y simpáticos en todo caso.
Antes de Cambury, estuve un par de días en Sao Sebastiao e Ilha Bela. Sao Sebastiao es una ciudad con un centro histórico colonial muy lindo, pero la razón por la que me hospedé ahí fue por capear los precios altísimos de Ilha Bela. Durante el día cruzaba en un ferry gratuito y hacía algunas caminatas muy monas. Hice una especialmente encantadora a un parque nacional que estaba completamente vacío, así que aproveché de volverme loca y bañarme sin ropa en una de las psas con cascadas que se formaban. Después volví a ser el caballero que todos conocen.
Hasta ahí mi viaje en solitario. Antes de eso estuve con Guillermo, la Andrea y los chicos a bordo del Navío Soberano, un crucero que tomamos de Santos y que, en una semnaa, nos llevó a destinos espectaculares, entre los que se encuentra Salvador de Bahía e Ilheus. El barco lo tomamos el sábado 1ero de febrero, habiéndo llegado el día anterior a la ciudad de Sao Paulo. Apenas zarpamos, comenzamos a ser testigos del desenfreno alimenticio y beodo de los brasileros. Comían y tomaban, comían y tomaban, comían y tomaban. Nosotros yo creo que estuvimos a un tercio del ritmo que mantenían los locales (mayoría absoluta de los pasajeros a bordo), y aún así bebimos y comimos en demasía. A mi parecer, y espero no equivocarme en mi percepción, fuimos un grupo que funcionó de las mil maravillas, todos aportamos algo y lo disfrutamos y nos reimos mucho. Hay tantas anécdotas que contar... Por ejemplo, está la de cuando una mañana llamé a los pelados y logré convencer a Ignacio de que hablaba con el capitán del barco y que era su deber comandarlo hasta llegar a Salvador, donde sería evaluado por las autoridades marítimas locales. Si no me hubiera dado ataque de risa, estoy seguro de que lo hubiera convencido de ir a la sala de mando y pedir permiso para llevar el barco. También está la distorsionada historia de mi affair con una gordita -quizá debiera decir gorda, no le viene mucho el diminutivo-, lo cual es obviamente mentira, pero condimentó mucho nuestras conversas y juegos (es largo de explicar lo de los juegos). Cómo olvidar a nuestro querido Miguel Ortega, el encargado de llevarnos las bebidas y retirarnos los platos. El pobre hondureño tenía la memoria del pescado de "Buscando a Nemo", y nunca sabía qué le había pedido cada uno. Se ponía terriblemente nervioso, y su bigotito zapatista se empapaba de sudor.
Los primeros dias tomé una arriesgada misión, que consistía en buscar y fotografiar los mejores traseros a bordo (los bikinis que usan acá no dejan nada, pero nada, a la imaginación). Me duró poco, porque el novio de una me pilló in fraganti y tuve que poner pies en polvorosa. Acá va un ejemplo de lo que logré:
El primer destino que visitamos fue Salvador. La primera capital del Brasil tiene una historia marcada por la explotación de los esclavos. Supongo que todos han escuchado hablar del Pelourinho. No podría explicar ahora lo que es ese barrio, porque ya lo olvidé, pero tenía que ver con el escarmiento a los esclavos. Vimos grupos de Capoeira (arte marcial mezclado con música para evitar que los amos notaran que estaban practicándo la autodefensa), tomamos leche de coco y conocimos la Iglesia de Nuestro Señor del Buen Fin (Bom Fin), la típica donde la gente lleva las pulseritas que sirven para pedir tres deseos, y que permiten mostrarle a todo el mundo lo bacán que eres porque visitaste Salvador de Bahía. Esa tarde me junté con Leonardo Parente, gran amigo Bahiano con el que recorrimos Bolivia alguna otra vez (ver el otro blog).
Tras Ilheus tuvimos un día de navegación y fuimos a una isla privada (privativa en portugués), donde nos relajamos de la manera más absoluta y aprovechamos de hacer deportes extremos, como banana board y canopy. Que manera de reirme ese día. El capitán Jack Sparrow (un brasileño que se debe haber vuelto loco con la película de los piratas y vivía su día a día disfrazado) estaba en su salsa, tomando ron y saltando por la borda de los barquitos que te llevaban desde el crucero a la isla.
En resumen, es una experiencia tremendamente recomendable la de viajar en crucero, te permite conocer lugares al tiempo que ni te das cuenta que te estás trasladando. Es un lujo, y supimos aprovecharlo a cabalidad.
Ya, llevo mucho rato escribiendo y me dió hambre. Además tengo que recorrer un poco la ciudad y despejarme. Un beso y un abrazo a cada uno. Están siempre conmigo (aunque físicamente estén sinmigo, obvio). Una compañia espectacular han sido los libros. Gracias Loreto, la lectura de "Tengo Miedo Torero" fue un elixhir. Gracias Kate, "Blood River" es una tremenda aventura y me dieron ganas de ir a recorrer África. Gracias viejo, sin el libro que me pasaste de Krishnamurti se me habría olvidado lo importante de estar en un estado alerta constantemente. No voy a decir que soy un buda, pero recordarlo me ha ayudado mucho. También me ha acompañado la libreta de notas que me regaló la Isa y mi cámara, gracias Emily por eso.
HASTA PRONTOOOOO
Se ve que lo estas pasando muy bien y ojala siga haciendo asi hasta el final. Notables las fotos, en especial la de la "jaiba".
ResponderEliminarUn abrazo grande y vuelve a postear luego!
José Corvalán
wena loco... me alegro que el viaje te este tomando por entero, bien disfrutado
ResponderEliminarQue bueno todo! Jaja, igual parece que tienes que empezar a escribir mas seguido con posts un poco mas cortos en vez de todo en una novela :) Las fotos son buenas, obviamente estai aprovechando la nueva camara. Cuidate mucho y pasalo bien en esta semana que te queda, un beso.
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